domingo, 16 de diciembre de 2012

EL MUTISMO DE PURI

Psicopatología del Mutismo
Mª Nieves Martínez Hidalgo
Psicóloga Clínica
Psicoterapeuta

















                                                        
                                                                          I
                                                       
Cuando lo conocí, era un tipo gordo y seboso. Su ropa desgastada y sucia olía a fritanga; su cara rechoncha de piel oscura despedía los reflejos de unas encanecidas púas desperdigadas por su rostro, cual puerco espín en mitad del grisáceo asfalto; su mirada fría, abyecta y despreciativa  invitaba a mantenerse a una cierta distancia física y emocional. Sin embargo, y al mismo tiempo, provocaba una atracción absurda, atrapándote con sus tentáculos de humo, sus aires de importancia y un halo de  cierto misterio.
Buscaba engatusar a posibles clientes con una charla improductiva y vacía, unas veces, otras, cuando su olfato le predisponía a actuar como cualquier otro depredador con su víctima,  se lanzaba violento, invadiendo de forma impulsiva la intimidad de aquella persona que torpemente se había cruzado en su camino, desgarrándola a dentelladas y chupando, voraz, su sangre, calmando así sus ansias de poder y dominación.
Regentaba el kiosco cedido por la organización nacional de ciegos a una de sus tías por presentar varias minusvalías físicas. Casualmente o, más bien diría, estratégicamente,  la caseta estaba situada sobre la acera, frente a una sala de juegos, por lo que Arturo hacía cada día recaudaciones cuantiosas. Además, para los que no querían invertir en juegos de azar, también disponía de todo tipo de drogas ilegales, que guardaba celosamente en una gran riñonera ceñida a su cintura por una ancha correa de cuero que dividía sus michelines cual ecuador entre los trópicos de cáncer y de capricornio.        
Nunca había puesto interés alguno en los estudios pero sabía más que muchos maestros juntos, o, al menos, eso es lo que iba proclamando él, orgulloso de haberse instruido en la universidad pública de la calle.
Solterón con más de cinco décadas sobre sus pies, vivía acompañado de su madre, Fuensanta, de ochenta y cuatro años, y de Eusebia, de ochenta y dos, una de sus tres tías maternas, que era sordomuda.
Arturo estaba reñido con cualquier responsabilidad, era alérgico al trabajo; visualizarse realizando un esfuerzo, por leve que fuese, le provocaba tal ataque de espanto que su piel se erizaba y a su mente acudían excusas, justificaciones y argumentos de lo más variopinto con los que conseguía su objetivo: ¡no mover un dedo!





                                                                   II


Antes de que hubiese nacido, mis padres ya me llamaban Puri, como mi abuela paterna. La época en la que me tropecé con Arturo, yo tenía ocho años y era una linda niña de ojos negros y cabello caoba, silenciosa y observadora. Cada tarde, cuando mi abuela me mandaba a comprar la merienda, me acercaba por el kiosco, Arturo abría la portezuela y me invitaba a pasar. La cabina era pequeña y dentro siempre hacía calor. Él me sentaba sobre su regazo, arreglándome los pliegues de mi faldita escocesa. Le dejaba que me acariciase el pelo. Arturo, como al descuido, apoyaba sus orondas manos sobre las rodilleras de su grasiento y ajado pantalón de pana, y así rozaba las mías sin que yo dijese nada. Iban pasando los días, los meses, cambiaban las estaciones y, poco a poco, Arturo y yo íbamos cogiendo confianza. Me contaba sus jueguecitos con otras niñas, mientras deslizaba sus pringosos dedos por mis piernas y por mis rodillas. Me decía que las llevaba a la casa deshabitada de la tía que vivía con ellos y allí les anunciaba que iban a participar en un rodaje en el que jugarían a ser estrellas de cine. Les invitaba a   cambiarse de ropa en un rincón del salón que había habilitado con unos focos, un trípode que mantenía la cámara de video fija, un sofá, un biombo y un perchero del que pendían trajes de diferentes tallas, colores y texturas. Le atraían de una manera especial los zapatitos y los tenía clasificados en un enorme cajón de madera por tamaños y diseños. Había zapatos planos, con tacón, botines, botas altas, sandalias.
Ellas se disfrazaban de princesas, de leonas, de cowboys, de piratas, de conejitas, de monjas, de policías, y él se embriagaba, se relamía de gusto mientras las grababa con su cámara.
Al salir, les daba una bolsa de golosinas y les pedía que no comentasen con nadie lo que allí hacían, pues la gente podría pensar mal y sus padres se enfadarían mucho con ellas.
A mí también me llevó, un día, al pisito. Cerró el kiosco y nos fuimos rápido. Él miraba hacia atrás como si hubiese olvidado algo o como si alguien nos siguiese. Cruzamos, veloces, un estrecho callejón que yo desconocía y, casi sin darme cuenta, Arturo ya estaba abriendo la puerta de la casa de su tía. Todas las ventanas y las persianas estaban cerradas y olía muy mal. Entramos en la cocina porque yo le había pedido agua. Me contó con soberbia que, algún día, cuando la sordomuda muriese, el piso sería suyo y, entonces, sacaría a la luz su negocio. Montaría un magnífico estudio de grabación. Colocaría un cartel luminoso en el balcón en el que se leería en letras mayúsculas “ARTURO ESTUDIOS” y, mientras lo decía con voz altanera, lo escribía en un trozo de papel que  había en el poyete de la cocina: “aRTuRoEsTudIos”. Yo le dije que estaba mal escrito, que así no se leería bien, que tenía que separar las palabras y no mezclar letras mayúsculas con minúsculas; entonces, adoptó una actitud defensiva y, rugiendo como un león, me hizo saber que dominaba el arte de la escritura, que lo había hecho así sólo por ir más rápido y, cogiendo de nuevo el lápiz, puso sobre el papel: “ArtuRo es Tu dios”. Me reí y con sarcasmo le pregunté:
-¿Entonces, vas a montar un estudio de cine o una especie de iglesia?
Arturo arrugó el papel con brusquedad y cambió de tema.
-Toma el vaso de agua y bébetelo. Vamos a hacerte la prueba. Cámbiate de ropa allí, junto al biombo.

Siempre que pasaba un rato con él en el kiosco, Arturo procuraba que no me aburriese; en cuanto creía adivinar algún gesto mío de desagrado, me animaba a atender al público e incluso me permitía meter la mano en la caja para cobrarles el importe de los cupones comprados. Una vez que el cliente se alejaba, Arturo me susurraba, al oído, palabras soeces referentes a esa persona, y terminaba diciendo que tanto él como yo éramos distintos, de una raza excepcional y que nunca nadie podría llegar a conocer nuestro secreto porque no lo comprenderían.
Cuando me despedía, Arturo soltaba el mismo estribillo: “¡ay, ay, que se te olvida algo!” Y yo, aparentemente resignada, le plantaba un par de besos en su asquerosa cara. Entonces era cuando él me daba mi premio, una moneda de dos euros, que yo guardaba en mi hucha para después gastarlo en algo de provecho.
Cada día, sobre las cinco, regresaba a aquella claustrofóbica cabina, me colocaba frente a la ventanilla y, con mirada misteriosa, le pedía que me abriese la puerta.
Un día le llevé una botellita de vino moscatel envuelta en papel de periódico y bien escondidita en la cesta que mi abuela me dejaba para hacer la compra. Arturo me dijo, con una sonrisa medio diabólica:
-Purita, has dado en el clavo, esta es la bebida que más me gusta. ¿De dónde la has sacado? Le dije que prefería no decírselo y, antes de que le plantase los dos besos de despedida, Arturo ya  había agotado el dorado líquido.
Me sentí inmensamente feliz, porque, al fin, había encontrado la manera de mostrarle mi eterno agradecimiento.
A la semana siguiente, le llevé otra botella de vino moscatel y, entonces, me insistió tanto, que tuve que confesarle que se la había cogido a mi abuelo del aparador donde las guardaba, pero que no tenía de qué preocuparse, ya que el viejito no se daría cuenta del extravío; hacía ya un año que había perdido la memoria y olvidaba las cosas al ritmo en que las percibía.




                                          
                                                              III



Desde que mis padres fallecieron aquella noche de tormenta,  vivía con mis abuelos maternos y me horrorizaban la lluvia, los truenos y los relámpagos. Cuando amenazaba mal tiempo, al abuelo le tocaba dormir en el sofá y yo ocupaba su lugar en el lecho matrimonial, apretadita junto a mi abuela.
A pesar de que habían transcurrido más de dos años de aquel trágico e inexplicable suceso, mis abuelos continuaban obsesionados con la incógnita de qué fue exactamente lo que sucedió aquella fatal noche y les resultaba muy difícil aceptar que su hija Elena, mi mami querida, ya no estuviese con nosotros.
Yo le había escuchado a mi abuela contar esta historia, en muchas ocasiones; la relataba como si leyese la noticia directamente del periódico, y cómo no iba a ser así, si se la había aprendido de memoria de haberla leído tantas veces, siempre con la misma avidez, buscando respuestas, intentando ver indicios, datos que la condujesen al esclarecimiento de la verdad:

“Al parecer, estando todos dormidos, a pesar de la gran y ruidosa tormenta, un ladrón rompió la cerradura de la puerta principal e irrumpió en la vivienda, buscando joyas, dinero, objetos de valor… La policía científica no encontró huellas dactilares; el análisis del patrón de la mancha de sangre proyectada sobre la pared determinó que a ella le habían seccionado la vena yugular con una navaja, sujetándola desde atrás, y murió desangrada delante de su esposo, que  tuvo que presenciar las vejaciones y torturas infligidas a su  mujer, atado de pies y manos en un sillón, en el que apareció muerto por asfixia con una bolsa alrededor de la cabeza. Sólo conservó la vida la única hija del matrimonio, que permaneció escondida bajo su cama. Así la encontraron los agentes de policía, empapada en sudor y muda de espanto.”

Yo revivía, cada día y a lo largo de varios años, el miedo o, mejor dicho, el pánico que sentí bajo aquel somier, escuchando los alaridos de dolor y de terror de mi madre, mezclados con los truenos y los relámpagos de la tormenta, hasta que un silencio total invadió la casa. Fue en ese instante cuando escuché unos pasos, me puse las manos sobre los labios, apretándomelos contra los dientes para no gritar. El asesino entró en mi habitación y comenzó a buscarme. Observé, aterrorizada, cómo unas grandes botas negras, de las que usan los militares, se acercaban a mi cama y percibí un penetrante y desagradable olor a cocina de bar que quedó grabado a fuego en mi memoria. También recuerdo el momento en que  escuché, cada vez más próximas, las sirenas de los coches de policía, y cómo aquel engendro abominable y maloliente tuvo que salir huyendo a toda velocidad de la casa, dejando allí como único testigo a una niñita asustada y paralizada que no supo ni pudo contar nada.
Yo también leía y releía, una y otra vez, como una autómata y de forma obsesiva, cuando mis abuelos dormían, aquellos recortes de periódico cuyos titulares decían:

“Matrimonio brutalmente asesinado. La única hija de la pareja, de seis años de edad, permanece ingresada en el hospital Virgen de los Milagros en estado de shock. Los agentes de policía no han podido entrevistarla. El psicólogo clínico del hospital ha informado que, dada la gravedad del trauma sufrido, es muy probable que la niña no recupere la voz.”

En otro recorte del diario local se leía:

“El asesino, habiendo huido del lugar de los hechos dejando tras de sí un reguero de sangre y dolor, continúa en paradero desconocido. La policía ha facilitado un teléfono para que cualquier ciudadano que pueda aportar alguna información relativa a este caso, por irrelevante que parezca, lo haga a la mayor brevedad posible.”

Luego, con la cabeza dando vueltas, el corazón al galope y las manos sudorosas, lo guardaba todo en la carpeta azul de gomas, y, subida en una silla, la dejaba de nuevo, donde la tenían mis abuelos, escondida tras unos libros en la penúltima leja de la estantería.
Según mi abuela, fueron muchas las personas que quisieron ayudar. Una vecina había visto salir corriendo del portal a un hombre grueso vestido con una gabardina o impermeable oscuro. El dibujante de la policía intentó terminar sin éxito el retrato robot del asesino. Se trataba de un hombre corpulento de mediana edad; sin embargo, respecto a los rasgos faciales, nadie pudo dar ningún detalle, salvo el hecho de que  llevaba un enorme par de gafas de pasta.
Yo pude verle la cara. Antes de esconderme bajo la cama, salí en ayuda de mi madre. No podía dormir por la lluvia y, de repente, escuché sus gritos; no tenía ni la más mínima idea lo que me esperaba. Salté de la cama y corrí hacia el dormitorio de mis padres. Por la rendija de la puerta, que estaba entreabierta, presencié, paralizada y horrorizada, todas las barbaridades que aquel monstruo le estaba haciendo a mi madre. De mi padre sólo alcancé a ver sus pies desnudos sobresaliendo del pantalón del pijama.
Regresé a mi dormitorio temblando, apoyándome contra la pared del pasillo, dejando un rastro de ahogo, mocos y lágrimas.
No pude volver a comunicarme. Sólo tras dos años de terapia conseguí articular mis primeras palabras. Mis abuelos y mis maestros lo celebraron. Yo quise reservar el festejo para una ocasión más acertada; no me importaba aguardar a que se propiciase el momento oportuno, tenía paciencia y toda la vida por delante, todavía era una niña dolida y asustada.



                                                  
                                                              IV



Arturo estaba enamorado de Elena, una chiquita rubia de cabello ondulado. Elena no quería saber nada de aquel muchachote de cara regordeta al que todos en el barrio conocían como “el mofeta”. Elena lucía una hermosa sonrisa cada vez que Pablo, un muchacho guapetón y de buena familia, se cruzaba con ella.
El padre de Arturo había fallecido un mes antes de que él hubiese venido al mundo; Arturo creció y vivió entre dos mujeres, su madre y una de sus tías, la sordomuda, gracias a la cual sobrevivían económicamente. Los cupones se vendían como rosquillas –la gente suele tener una fe ciega en esto de los juegos de azar- y proporcionaban unos excelentes ingresos.
Desde su niñez, Arturo se había acostumbrado a mentir; cuando decía que se marchaba a la escuela, su madre le daba repeinaba el flequillo y él salía corriendo hacia las eras que había próximas al pueblo. Allí se reunían los mejores, los listos, los que movían el cotarro. Llevaban revistas de mujeres desnudas, cigarrillos sueltos y alguna botella de vino barato que habían comprado en la única tienda del barrio. Preparaban el siguiente golpe con inteligente estrategia. Atracarían el bar de las cuatro esquinas a las cinco de la tarde, hora en la que el local estaba más vacío y, por  esto mismo, el jefe lo dejaba al cuidado de su sobrino mayor, que era algo retrasado. El éxito estaba asegurado; mientras Arturo le pedía al camarero que le sacase una cerveza bien fresca del frigorífico de la cocina y, una vez allí, le preparase un buen bocata de tortilla, Emiliano se colaría de un salto detrás de la barra y cogería a puñados todo el dinero de la caja. Saldrían corriendo antes de que el sobrino terminase el pedido. Una vez a salvo, en el solar del almacén que ardió el verano pasado, se reirían a carcajadas, sacando burla de la cara de idiota que se le habría quedado al sobrino de Pascualín, el dueño del bar, una vez hubiese comprendido lo ocurrido.

Arturo seguía soñando con el día en que Elena aceptaría salir con él. Estaba seguro de que ella caería a sus pies, no podría resistirse a su hombría. Se sentía tan macho, tan seguro, que intuía que las negativas de ella eran debidas a la inocencia de su corta edad; sin embargo, él era paciente, más que el santo Job –como decía su madre- y sabría esperar a que ella madurase. Estaba seguro de que, al final, sería suya, caería como una mosca en la telaraña que él mismo habría estado tejiendo durante toda su adolescencia.
Arturo aguantó muchos desaires y humillaciones; sus amigos también se reían de él y, con ironía, herían su amor propio comentándole con sorna que ninguna chica podría resistirse ante un tío tan potente como él.
De todos modos, el momento más doloroso para Arturo se produjo el día en que vio a Elena pasear cogida de la mano de Pablo, el más idiota de los habitantes del lugar, un señorito empollón, un ricachón de pueblo, en sus propias palabras. Se lo hubiera cargado en ese preciso instante, pero se echó mano al bolsillo sin encontrar la navaja que solía llevar encima y sus amigos lo agarraron del pecho para evitar que se metiese en problemas. Mas, en otras ocasiones, eran ellos mismos los que le azuzaban y jaleaban, incitándole a buscar camorra con el novio de Elena. Le coreaban, riendo como locos: -¡Cornudo, mofeta y cabrón, ¿a qué esperas?, machaca a ese mamón!
Arturo se había sentido agraviado, en público, por las reiteradas reacciones de rechazo de su amada Elena y por las intervenciones de Pablo, que le instaba, una y otra vez,  a que dejase en paz a su novia, que no la molestase más con sus llamadas, que se olvidase de pasar por su trabajo, haciéndose el encontradizo en mitad de la calle, que no volviera a acercarse a ella o ambos le pondrían una denuncia en comisaría.

Ahora que ha pasado el tiempo, Arturo continúa pleno de rencor, de orgullo, de rabia, pensando en salvar su honor, su honra. Toca con morbo a Puri, imaginando que es su preciosa Elena y, en pensamientos, habla con ella:

Elena, no pude tenerte, no pude tocar así tu cuerpo inocente… ha merecido la pena esperar; ahora, tengo en mis manos a tu niña, tan linda, tan virginal, con sus tetitas despuntando, su blanco pubis moteado con un suave e incipiente vello. Mientras le toco sus tiernos muslos y voy subiendo mis dedos para introducirlos bajo sus braguitas, babeo pensando en ti, me pongo como un toro en celo, y te escucho, gritando, suplicando que no mate a tu marido, que no te haga daño, que te entregarás a mí voluntariamente… ¿Y tú, Pablo, qué tienes que decirme ahora, tan caballero, tan panoli?¿A ver, dime, quién es el que ha salido ganando?¿Quién va a proteger a tu hijita?¿Dime de qué te ha servido tanto estudio, tanta fanfarria? Aquí, vale mi ley. Y mi ley dice que se la voy a meter hasta el fondo, y tú, tan inteligente, tan listo, no podrás impedírmelo…”

El gozo de Arturo aumenta cuando  recuerda el esbelto y delicado cuello de su princesa Elena  como una fuente, dibujando un firmamento de estrellas encarnadas sobre la nívea pared de su alcoba y es entonces cuando agarra a Puri del escote con brutal fuerza y ella llora, patalea, intenta gritar y él la suelta, aturdido, dejándose ir. Se recuesta unos minutos junto a ella en el sofá de su estudio. Tras el breve descanso, se incorpora, escupe en el suelo y, diciéndole: -¡Asco de vida, eres tan puta como tu madre!, la agarra del brazo y la saca del piso sin más palabras.


                                                 
                                                                 V



Un día, que podría haber sido tan monótono y aburrido como cualquier otro, la abuela de Puri, viendo que se había hecho de noche y su nieta no había regresado, salió a buscarla. Se acercó a la panadería y a las tiendas en las que la niña solía comprar la merienda. Nadie parecía haberla visto aquella tarde. La confitera le confirmó algo que la abuela ya sabía, la tarde anterior había entrado en la confitería y había comprado una napolitana de chocolate para ella y otra para su abuelo. La dependienta de la mercería le dijo que seguro que estaba en el parque o en casa de alguna amiga o, mejor, que le preguntase al del puesto de los cupones de los ciegos, que, alguna vez, lo había visto pasar con la niña.
Cuando la abuela se aproximaba al kiosco, divisó una multitud de personas que se agolpaban a su alrededor. Hacía unos minutos que un señor que salía del salón de juegos se había encontrado a Arturo echando espumarajos por la boca, intentando salir a rastras de su puesto de trabajo. Antes de que el equipo médico de urgencias llegase, Arturo sufrió un paro cardíaco y aunque intentaron reanimarlo no lo consiguieron y tuvieron que esperar a que la policía se hiciese cargo del cadáver.

Puri desconocía que Arturo, además de asesino, era un pedófilo empedernido y que, para satisfacer su necesidad de venganza, ella tendría que atravesar, descalza y desnuda, el horror de un nuevo calvario. Mientras se dejaba sobar por aquel desgraciado que olía a cocina de bar, Puri se imaginaba introduciendo el matarratas en la botella de vino moscatel, agitándolo bien fuerte, guardando esta maravillosa sorpresa en la cesta de pajilla que solía llevar todas las tardes para hacer los recados; se imaginaba saliendo de casa de su abuela a hurtadillas, vociferando desde la puerta: -¡ahora vuelvo!; se imaginaba caminando emocionada por la calle, ansiando ver al monstruo bebiendo la pócima sagrada, la que les devolvería la paz a sus abuelos y a ella misma, aquí en la tierra, y a sus padres, allá donde estuviesen. Veía su cara rechoncha levantada hacia arriba mientras succionaba el veneno de la botella como si fuese el biberón de un bebé gigante, tragándose hasta la última gota como un hambrón bien entrenado. Lo observaba caer, atravesado por un terrible dolor de estómago, retorciéndose en el suelo, echando espumarajos por la boca; ella estaría de pie, disfrutando, recreándose en esta última escena del postrero rodaje de Arturo Estudios.

En cuanto la abuela comprendió que aquel pobre hombre, al que atendían los servicios de urgencia, ya no podría facilitarle información alguna sobre su nieta, se dirigió, apresurada, a casa de una de las amigas de la niña. Y allí encontró a Puri con un gorro de colorines y un matasuegras, bailando, con la radio a todo volumen, como si estuviese celebrando la fiesta de fin de año. En realidad, era su anhelada fiesta de fin del dolor. Había concluido con total éxito su vendetta.

La policía nunca descubrió al asesino de Arturo, tampoco al de los padres de Puri, nadie relacionó ambos casos. Un año más tarde, al fallecer la sordomuda, los herederos quisieron hacer limpieza del piso para venderlo; allí, descubrieron cientos de cintas grabadas, disfraces y zapatos, a los que no concedieron la más mínima importancia. Lo metieron todo en bolsas de basura y se deshicieron de aquello, silenciando para siempre los últimos vestigios del drama.