sábado, 16 de febrero de 2013

El camello y la princesa

Nieves Martínez Hidalgo
Psicóloga Clínica
Psicoterapeuta






















Érase una vez que se era un camello de dos jorobas. Absorto en sus pensamientos, nuestro amigo marchaba a paso ligero por una senda de polvo y arena. Iba en busca de un palacete en el que, según le habían contado, habitaba una princesa llamada Nîmemîres. 

Silbando, se adentró por un camino en la profundidad de un bosque de cedros, muy próximo a la ciudadela de Azrou, donde nuestro cuadrúpedo amigo había planificado pasar la noche. Atardecía, el graznido de un Ibis Eremita, más conocido como cuervo calvo, le sacó de sus ensoñaciones y fue consciente de que se había perdido. No sabía qué hacer, recordaba que su papá le había dicho que si algún día se encontraba en esta situación debería subir a un lugar bien alto y desde allí otear el horizonte y orientarse, pero de momento no veía ningún cerro; otra de las sugerencias consistía en mojarse con saliva una patita y levantándola ver de qué lado venía el viento; ¡qué pena! allí, rodeado de árboles no percibía el movimiento de una sola hoja. Continuó dándole vueltas y más vueltas a la cabeza, tantas que se quedó dormido. 

Con los primeros rayos de sol, se despertó. Tenía la boca seca y recordó que se hallaba perdido. Se desperezó y, muy optimista, se dijo a sí mismo que esa mañana, con la luz y la energía de un nuevo día, encontraría la salida. De repente y con gran alegría, divisó, a lo lejos, cómo se aproximaba la figura de un hombretón a lomos de una burrica. No tuvo paciencia para esperarle, así que echó a correr hasta alcanzarle.





-Buenos días, señor campesino, ¿podría indicarme cómo llegar al palacio de la princesa Nîmemîres?
-Mmm, buenos días, señor camello, ¿de verdad, quiere ir a ese palacio? ¿lo ha pensado bien o acaso no ha escuchado los rumores? En fin, si pone tanto empeño, usted sabrá. ¿Ve aquella senda, al fondo? -le contestó el lugareño-; cuando llegue a ella, sígala hacia delante hasta encontrar una colina que  tendrá que subir y bajar tres veces. En cuanto haya descendido por tercera vez, la montaña se abrirá partiéndose en dos. En ese  preciso instante aparecerá un  arco dorado, a través del cual podrá acceder al palacio. Al adentrarse en su interior, tenga mucho cuidado con lo que hace o dice, pues en el castillo vive una malvada princesa que, llegada la ocasión, hasta podría ordenar que le cortasen la cabeza de forma inmediata.



El camello no quedó muy convencido de las explicaciones recibidas, pero eran tantas las ganas que sentía por llegar, que, sin pensarlo mucho, le dio las gracias y se despidió. Trotó durante tres horas hasta la colina y, sin detenerse, la subió y la bajó tres veces.
-¡Grrr...increible!- gruñó el camello emocionado, al comprobar que el sortilegio que había mencionado el campesino realmente funcionaba. 
Atravesó el arco dorado y se quedó embelesado ante la enorme belleza de la edificación. El palacio era magnífico y estaba coronado por diez torreones acabados en sendas cúpulas acebolladas de alegre colorido. Una vez hecha su entrada en el recinto real, los asistentes de la princesa le hicieron sentarse en una sala junto con otros camellos, patos, leopardos y elefantes que, como nuestro querido amigo, esperaban a que les fuese concedida una audiencia.






Cuando, por fin, le llegó el turno al protagonista de nuestro cuento, éste se acercó al trono y, haciendo una elegante reverencia, dijo:
-Princesa, le traigo unos obsequios... 
Hablaba con voz temblorosa, pues en esos minutos de espera, había tenido ocasión  de comprobar que el campesino, con el que se había tropezado en su larga y accidentada travesía, llevaba razón en todas sus advertencias. Era cierto que la infanta trataba a todos los que le rodeaban con gran desprecio y crueldad.

-Ni me mires -dijo la princesa, sin dejarle continuar.
-Tengo que mirarle para hacerle entrega de estos presentes -le contestó, el camello muy sorprendido.
-Ni me mires -repetía, una y otra vez, la princesa.

El camello, confuso y avergonzado abandonó el palacio, dejando allí los regalos.

-Retirad de mi vista todos esos paquetes -dijo, con tono despectivo, la princesa a sus lacayos. De repente, cuando ya se marchaban, les hizo detenerse en seco. Algo había llamado su atención. ¿Qué podría ser?

-¡Alto, aguardad un momento!. Acercadme ese cofre de ébano y abridlo. Siento curiosidad por saber qué maravilla oculta en su interior.




La princesa miró dentro del cofrecillo y descubrió algo muy valioso.
-¡Un corazón de oro!¡Qué pieza más fascinante! -Comentó, alzando la voz.
Estaba tan emocionada que no pudo resistir el deseo de coger y apretar contra su seno ese pequeño corazón dorado.
-¡Oh, se ha quedado pegado a mi pecho! ¡No me lo puedo quitar! -Anunció con ansiedad la princesa.
Pasaron los días y aquel corazón no se despegaba de su piel, sino todo lo contrario, se fue hundiendo poco a poco en el interior de su cuerpo. La princesa estaba muy asustada, creía que aquella pieza que se estaba introduciendo en su interior, acabaría provocándole alguna enfermedad. Sin embargo, a ella no le dolía nada; al contrario, cada día respiraba mejor, se sentía más feliz y apreciaba que las personas con las que se relacionaba comenzaban a mirarle y a tratarle de una manera más cálida.





De todos modos, sus consejeros insistieron en que debía visitarla algún mago o especialista en el arte de sanar o aquello podría tener un desenlace fatal. 
-Su alteza recordará que, dentro de un año, tendrá lugar su coronación como reina y  será de vital importancia que disponga de una salud de hierro, para hacer frente a sus nuevas e importantes responsabilidades -Sentenció el gran visir del reino.
La princesa, por una vez en su vida, y, aún a pesar de que ella ya se encontraba mucho mejor, se dejó aconsejar y accedió a los deseos de sus ministros. 




Comenzaron a visitarla los mejores y más afamados doctores de su reino y de otros remotos lugares. Tras hacerle  decenas de pruebas y análisis, todos coincidían en  reservarse el diagnóstico, pues no le encontraban nada en particular,  mas, ya que habían venido desde tan lejos y para no sentirse inútiles y ridículos ante la princesa y su corte, le ofrecían sus extraordinarios remedios:

-Beber dos tazas de té verde en ayunas -Recomendó el mago llegado de La Meca, atusándose el bigote.
-Subir y bajar siete veces al día la escalinata principal de palacio -  Prescribió  un sabio que había viajado en alfombra mágica desde Estambul.





-Tomar, durante las comidas de mediodía, dos cucharaditas de sangre de águila real recién abatida por el mejor arquero del reino y recogida en copa de cristal -Recomendó con gran solemnidad el mago de Bohemia.
-Comer dos cuernos de caracol  cocinados al vapor, tres días y tres noches consecutivas. Esta es mi receta más valiosa -Dijo el mago holandés, con voz ronca por estar algo acatarrado.

La princesa Nîmemîres, en un arranque de buena voluntad asombró a sus consejeros probando todos estos remedios, bueno todos, todos no. Los cuernos de caracol le sentaban fatal y como le hacían vomitar fue incapaz de terminar el tratamiento.





Pasaron los días, y el corazón de oro desapareció bajo la nívea piel de la princesa sin dejar rastro alguno, sin que nadie pudiese hacer nada para evitarlo. 
Mas, en el reino observaron cómo la infanta Nîmemîres iba suavizando su carácter y comportándose con amabilidad, cariño y respeto hacia todas las personas que se acercaban a ella.

Una mañana, sus súbditos decidieron entregarle un presente guardado en un precioso estuche, en agradecimiento a ese cambio de actitud. Cuando la princesa deshizo el lazo de seda que decoraba la caja de nácar y pudo alzar la tapa, no encontró joyas, ni tesoros, solo un pergamino enrollado. Desplegándolo, comenzó a leer en voz alta. Sus ojos se llenaron de diminutas perlas plateadas que fueron deslizándose por las mejillas de su sonrojada cara. Así fue cómo descubrió que el camello de dos jorobas era un mago que los ciudadanos de su reino habían enviado con la intención de que un cambio en su agrio, consentido y déspota carácter fuese operado. 
A partir de aquel día, hasta el nombre de la princesa fue cambiado y desde entonces y en todos los rincones del planeta a los que esta historia ha llegado, a la princesa Mirabien todo el mundo ha respetado.


                                                          



3 comentarios:

  1. Enhorabuena, Nieves M. Hidalgo, es un cuento precioso cargado de imaginación y sensibilidad. Consigues acercarte al corazón de los niños y de los menos niños. Felicidades.

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  2. Qué gran cuento Nieves Martinez!

    No estaría nada mal, para empezar, poner un poquito más de corazón y sentimiento a nuestras vidas y dejáramos de ser príncipes y princesas "nimemires".

    Enhorabuena.

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